El torneo se desarrollará los días 18 y 19 de julio en la localidad de Alcubierre con la presencia del campeón mundial Boris Spassky.
El III Torneo Internacional de Ajedrez de Alcubierre, que tendrá lugar los días 18 y 19 de julio, espera reunir a alrededor de un centenar de aficionados a esta disciplina entre jugadores y acompañantes. Un grupo de privilegiados al poder compartir su pasión e, incluso, tablero con una leyenda viva del ajedrez: Boris Spassky, campeón del mundo y famoso por el encuentro que jugó con el estadounidense Bobby Fischer por el título mundial.
El torneo, que contó con el apadrinamiento de Karpov en su primera edición y con la presencia del Campeón mundial Topalov el pasado año, consta de dos jornadas bien diferenciadas. En la primera, tendrá lugar el campeonato entre los jugadores inscritos y en la segunda, una exhibición de partidas simultáneas gracias a la presencia de Spassky.
En esta tercera edición, el campeonato, que tendrá lugar el día 18, está dotado con 2.500 euros en premios, se disputará por sistema suizo a nueve rondas, en la modalidad de partidas de 20 minutos. La competición tendrá lugar en horario de 10 a 20 horas y habrá trofeos para los tres primeros clasificados de la categoría absoluta, aragonesa y oscense. Los interesados pueden apuntarse y obtener más información en el teléfono 626 884 659. Las inscripciones podrán realizarse hasta la misma mañana del torneo.
De forma posterior, el próximo domingo, día 19, el Campeón del Mundo Boris Spassky realizará una exhibición de partidas simultáneas.
El Torneo de Alcubierre, organizado por el Ayuntamiento de Alcubierre y la Federación Aragonesa de Ajedrez (FADA), está patrocinado por el departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, la Diputación Provincial de Huesca y la Comarca de Los Monegros, con la colaboración de Horcona, Empresa de Energías Eólicas y Renovables, e Ibercaja.
Los premios son los siguientes:
Clasificación absoluta:
1º 600 € y trofeo
2º 300 € y trofeo
3º 200 € y trofeo
4º 175 €
5º 150 €
6º 125 €
7º 100 €
8º 90 €
9º 80 €
10 º 70 €
Mejor jugador oscense:
1º 75 € y trofeo
2º 50 € y trofeo
3º 30 € y trofeo
Mejor jugador aragonés
1º 75 € y trofeo
2º 50 € y trofeo
3º 30 € y trofeo
Mejor jugador de Alcubierre
Trofeo para los tres primeros clasificados.
Elo entre 2200 y 1950- Elo entre 1950 y 1700 y Elo menor de 1700:
1º 50 € y trofeo
2º 30 €
3º 20 €
BIOGRAFIA BORIS SPASSKY
El nombre del francés de origen ruso Boris Spassky estará siempre vinculado al del estadounidense Bobby Fischer. Estos dos campeones protagonizaron el match de siglo en el verano de 1972, y su popularidad fue tal que incluso directores de cine como Milos Forman –ganador de varios Oscar de Hollywood- quisieron hacer una película. Un duelo, en tiempos de la guerra fría entre EE.UU y la Unión Soviética, que paralizó el mundo y que popularizó el ajedrez hasta límites insospechados.
Spassky, décimo campeón del mundo y protagonista del III Torneo de Alcubierre, es el primer jugador de estilo universal, capaz de jugar cualquier tipo de posición, con numerosas victorias sobre todos los campeones del mundo, incluidos Kasparov y Karpov.
Los primeros pasos
Hijo de un ingeniero y de una maestra de escuela, Boris Spassky nació en la hermosa ciudad de Leningrado (hoy, San Petersburgo) el 30 de enero de 1937. Teniendo en cuenta estos datos, queda claro que la infancia de Boris se vio pronto muy afectada por la segunda guerra mundial: en 1941, cuando sólo tenía cuatro años, fue evacuado como muchos otros niños a diferentes pequeños pueblos más al anterior de Rusia, para proteger su seguridad aun a costa de separarles de sus familias. Afortunadamente, gracias a esta medida, logró eludir las mayores penurias de la guerra, e incluso pudo recibir una educación aceptable durante este pequeño exilio.
Boris regresó a Leningrado cinco años más tarde, para encontrar destrozada no sólo su ciudad, sino también su familia: durante la guerra, el matrimonio de sus padres se había disuelto. Tanto él como su hermano mayor y su hermana pequeña quedaron bajo la tutela de su madre, que fue quien los educó y los sacó adelante a partir de ese momento. Así que Spassky fue también, curiosamente, como Kaspárov y Fischer, un niño que creció sin la figura de un padre. "Heredó de su madre su voluntad inflexible, lo cual fue luego su principal característica en el ajedrez", según se cita en una de las obras de Pachman. Tan sólo un amigo de la familia, un militar apellidado Schmalhans, tuvo cierta influencia en el chico.
Acerca de cómo aprendió Spassky a jugar al ajedrez, pues lo cierto es que no se sabe con exactitud. El propio Spassky, que nunca ha publicado una autobiografía, no parece poder precisarlo: "Aunque se han dado muchas versiones, a ciencia cierta tan sólo podría decir que fue aproximadamente hacia los cinco años de edad". Atendiendo a los datos cronológicos, se deduce que Boris conoció el juego poco después de su evacuación de Leningrado; el ajedrez fue uno de los entretenimientos que se facilitaron a estos niños que se encontraban refugiados y lejos de sus familias. Como curiosidad, la hermana menor de Boris demostró también estar bien dotada para los juegos, llegando a ser campeona de la URSS de damas.
Un progreso meteórico
Bastante más claro está que la afición de Spassky por el ajedrez explotó a su regreso a Leningrado a principios de 1946, donde comenzó a acudir a presenciar partidas al pabellón de verano y, a partir del año siguiente, en el Palacio de Pioneros. Allí conocería a V. Zak, quien fue prácticamente su primer entrenador, y le acompañó en los inicios de su carrera, hasta los quince años.
"Estaba completamento poseído por el ajedrez cuando aún era muy joven. A él revertían todos los sentimientos, y el ajedrez se convirtió en una costumbre cotidiana. Probablemente el amor entre dos personas se desarrolla del mismo modo. En los años 1946-1950, solía jugar unas cinco horas diarias". Fruto de tanta dedicación, pronto llegarían los primeros éxitos para Boris, pero también las primeras lágrimas: en 1948, el Campeón Junior de la URSS, que no era otro que el mismísimo Viktor Korchnoi, jugó frente a él "a la ciega", lo cual no fue impedimento para derrotarle. Spassky se llevó un buen disgusto y lloró amargamente, pero siguió trabajando con Zak y sus progresos fueron a partir de ahí extremadamente rápidos.
Dos años después, Spassky ya era candidato a maestro. "Jugaba por entonces como un anciano señor, de forma sólida, muy posicional y con mucha firmeza. Esa época con Zak fue un período excelente. No creo que por aquel entonces pensase ya en elegir el camino de otra profesión", admite el propio Spassky acerca de esta época. Efectivamente, se matriculó en matemáticas, estudios que dejó luego por el periodismo, materia que le pareció más fácil y agradable. Pero aunque logró aprobar el examen, no pasó por su cabeza dedicarse a esta profesión. "Ni siquiera me hacía gracia escribir sobre ajedrez. Probablemente el tiempo que pasé en la Universidad no fue muy productivo, y perdí cinco años. Fischer quizá tenga razón cuando dice que para un maestro es una equivocación trabajar duramente en la escuela o en la universidad".
Y hay que señalar de paso que hasta aquí llega la larga sombra de Bobby Fischer: siempre que se habla de adolescentes que desarrollan un progreso asombroso y unos resultados espectaculares contra jugadores de elite, invariablemente se evoca la figura del estadounidense. Cosa lógica, claro está. Pero tampoco hay que olvidar que, hasta la irrupción del americano, y más tarde las de Kasparov, Polgar, Leko, y un largo etcétera, Spassky había sido el jugador que a más temprana edad había hecho su entrada en la élite.
Esto sucedió en 1953, en el torneo de Bucarest. Por primera vez una delegación soviética participaba en una competición de este tipo en el extranjero, y entre los elegidos estaba el joven Spassky, que por entonces tenía sólo 16 años. Junto con él estaba Tolush, quien le había acogido como discípulo aproximadamente un año antes, y también Petrosian, Boleslavsky y Smyslov. No se esperaba del adolescente mas que cumpliera un papel aceptable, pero Spassky sorprendió a todos con una magnífica actuación, alcanzando el cuarto puesto [2] de entre veinte jugadores y anotándose una victoria ante el mismísimo Smyslov, resultado que le permitió obtener automáticamente el título de Maestro Internacional.
El éxito se refrendaría poco después, en 1955, un año lleno de éxitos en la carrera de Boris Spassky. Tras haber obtenido el tercer puesto en el Campeonato de la URSS, vino su victoria -con relativa facilidad- en el Campeonato del Mundo Junior, y se convirtió en candidato para la lucha por el título. No tuvo éxito en su primer 'asalto', ya que en el torneo de Candidatos (Amsterdam, 1956) sólo pudo empatar en los puestos tercero al séptimo, pero ya el haber llegado hasta ahí era un logro más que notable para un chico de esa edad. Sólo fue superado en dos partidas de las dieciocho que disputó en ese fortísimo torneo.
Una crisis de juventud
A finales de los años 50, el joven Spassky se vio enfrentado a numerosos problemas. En 1957 no pudo clasificarse en el Campeonato de la URSS para disputar el Interzonal, a partir de lo cual sus relaciones con su entrenador, A. Tolush, comenzaron a estropearse. "De él aprendí cómo conducir el ataque de forma enérgica. Pero era de un trato muy duro, y se complacía en soltarme sermones aleccionadores cada vez que cometía errores: era terrible", comentaría Spassky años más tarde. A esto se unió también una crisis personal: Habiéndose casado poco tiempo antes, y tras convertirse en padre de una niña, las cosas fueron muy mal en su matrimonio. "Mi mujer y yo éramos como alfiles de distinto color", reconoció [3].
Su situación se agravó en 1960, cuando participó en el Campeonato Mundial de estudiantes que se celebró en Leningrado. Su resultado fue decepcionante, y además cayó derrotado en sólo 29 jugadas ante el norteamericano Lombardy, lo que le supuso caer en desgracia ante la Federación Soviética durante algún tiempo. Spassky perdió parte de sus privilegios, entre los que se encontraba la posibilidad de disputar torneos en el extranjero.
"Pasé tres años difíciles, de 1959 a 1961", rememora. La salida a estas dificultades la encontró tras separarse de su mujer, y tras finalizar también su colaboración con Tolush. A partir de 1961 su entrenador sería Bondarevsky, decisión que el propio Boris calificaría más adelante como el paso más acertado de su carrera. "Él ha hecho mucho por mí, no sólo a favor de mis conocimientos ajedrecísticos, sino también a favor de mi carácter. Bondarevsky llevaba una vida familiar muy feliz y eso me ayudó mucho, debido a que era un hombre de carácter inflexible y además cabeza de familia. Me entiende muy bien y es un gran e íntimo amigo", declaró Spassky poco antes de su gran match ante Fischer.
Precisamente por esta época tuvo lugar el primer encuentro entre Spassky y quien sería el gran rival de su vida, Robert Fischer. Fue en el torneo de Mar de Plata (Argentina) 1960, donde ambos acabaron compartiendo el primer puesto, aunque el resultados particular fue favorable al jugador ruso, que derrotó al americano en un interesante gambito de rey.
Los duelos con Petrosian
Superada esta crisis, y tras los fracasos en los años 57 y 61, cuando no logró clasificarse para el interzonal, Spassky volvió a convertirse en Candidato en 1966. Además, se producía en ese ciclo una novedad que resultó vital para el éxito de Spassky: tras las protestas de Fischer, se abandonó el formato de "torneo", y se adoptó el de matches individuales para designar al candidato. Esto benefició a Boris, quien con su "estilo universal" supo adaptarse muy bien al "estilo particular" de cada uno de sus rivales en los matches, y combatirlos así del modo más eficaz. Sucesivamente se impuso a Keres (6-4), Geller (5½-2½) y Tal (7-4).
Así llegó su primera confrontación con el armenio Petrosian [4] en la que, sin embargo, su adaptabilidad no fue suficiente para contrarrestar su falta de preparación teórica. Plantando cara en los duelos teóricos, como hizo en la Caro-Kan, fracasaría estrepitosamente, mientras que tratando de escabullirse con sistemas más irregulares, tampoco tuvo éxito. Petrosian, ya por delante en el marcador, no dejó que la ventaja se le escapara y acabó imponiéndose.
Muy diferente fue su segundo encuentro, en 1969. Durante ese período de tres años, entre ambos jugadores había surgido una estrecha amistad, y tal como relata Glígoric en uno de sus libros [5], "durante el torneo de Palma de Mallorca de 1968 se comportaban como amigos inseparables". Sin embargo, esta estrecha relación pareció jugar a favor de Spassky: si tras el match de 1966 había declarado que "antes del match, Petrosian era casi un desconocido para él", el trabar un mayor conocimiento acerca de su rival le ayudó mucho de cara a su segundo duelo. Esto, junto la experiencia y madurez acumulada en esta etapa, hizo de Spassky un finalista mucho más fuerte de lo que había sido tres años antes. Auxiliado por Bondarevsky y Krogius, también había mejorado notablemente su preparación. Spassky se adelantó en la quinta partida, mantuvo la iniciativa durante el resto del encuentro, y acabó imponiéndose a Petrosian por 12½ a 10½. Al segundo intento, se convertía por fin en Campeón Mundial.
Bobby Fischer, el mito que ensombreció a Spassky
Aún estaba reciente el triunfo de Spassky, cuando ya se empezaba a especular con el resultado de un posible duelo entre él y Fischer. El nuevo campeón había demostrado en los años previos ser "el primero entre iguales", pero el genio norteamericano asombraba de cuando en cuando con destellos de su brillantez. Tan sólo sus renuncias y desplantes -como en Sousse 1967- parecían apartar a Fischer de la lucha por el título, pero tras su espectacular actuación en el interzonal de Mallorca (1970) quedó claro que esta vez Fischer 'iba en serio'.
Además de las polémicas ocasionadas por la excéntrica y conflictiva actitud de Fischer, la expectación en todo el mundo fue creciendo cada vez más debido también a razones extradeportivas: en el punto álgido de la guerra fría, por primera vez un jugador norteamericano ponía en entredicho la supremacía rusa. El régimen soviético clasificó a Fischer no sólo como un rival deportivo, sino como una seria amenaza externa a la que había que plantar cara, con absoluta prioridad. Se prepararon extensos informes, y se buscó el mejor asesoramiento para Spassky, recabando información de múltiples fuentes y recurriendo a la experiencia de todos los ex campeones soviéticos. Sin embargo, las apabullantes victorias de Fischer frente a Taimanov y Larsen por 6-0, sembraron más aún el desconcierto entre los soviéticos. ¿Había algún ser humano capaz de plantar cara a aquella 'máquina' de jugar al ajedrez? Numerosos documentos hechos públicos tras el desmembramiento de la URSS mostrarían muchos años después cuánto preocupó esta cuestión a las máximas autoridades soviéticas.
El inevitable encuentro tuvo lugar, por fin, durante el verano de 1972. Sobre las innumerables polémicas que precedieron a su celebración, se han escrito más páginas que sobre cualquier otro Campeonato Mundial, y forman parte del anecdotario más conocido del ajedrez. Pero hay que resaltar un punto: la actitud ejemplarmente deportiva y comprensiva de Spassky durante aquellos inciertos días. Sin su caballerosidad, el encuentro con Fischer no se hubiera disputado, ya que el estadounidense, pese a ser el aspirante al título, planteó muchísimas exigencias.
Los jugadores estaban en situaciones muy diferentes. Spassky estaba sometido a una gran presión por su propio régimen y sus autoridades, pero él deseaba jugar y se sentía seguro, con la confianza de que ganaría. Del otro lado, estaba el propio Bobby con su carisma. Su equipo era diferente. Ellos no estaban poniendo presión sobre él, simplemente se limitaban a hacer lo que se les decía. Spassky, en cambio, tenía un equipo diciéndole qué era lo que tenía que hacer.
Cuando Fischer no se presentó a la segunda partida del match de Reykjavik (Islandia) 1972 tras perder la primera], Spassky podría haber dicho que el encuentro estaba acabado y que ya podía irse a casa. Pero no quiso hacerlo. Él posiblemente pensaba que si el match acababa de esa manera, entonces todo el mundo diría: 'Bueno, ahora ya sabemos quién es el más fuerte'. [...] En este aspecto Spassky estaba en lo cierto, pero esto le afectó durante el resto del match.
La segunda partida resultó crucial. Todo el mundo pensó que sería el fin del match si no llegaba a disputarse. Y al final Bobby accedió a jugar en una habitación aparte [...]. Más tarde Spassky diría que él accedió a jugar en esa habitación porque era la única forma de salvar el match.
El resultado final es por todos conocido (Ganó Fischer por 12,5-8,5). Aunque el encuentro resultó muy interesante, y ambos se anotaron brillantes victorias, el fuerte arranque de Bobby (dejando aparte las dos primeras partidas) dejó casi sentenciado el triunfo. El indómito Bobby Fischer destronaba, no sólo a Boris Spassky, sino a todo el ajedrez soviético.
Una nueva vida lejos de Rusia
La derrota de Spassky no sólo le hizo perder el título mundial, sino el trato de favor que recibía en su país. A pesar de su victoria al año siguiente en el Campeonato de la URSS, superando por un cómodo margen a Karpov, Korchnoi, Polugaievsky y Petrosian, Boris quedó estigmatizado por su derrota ante el norteamericano, y las autoridades soviéticas le trataban con recelo, reprochándole que su derrota se había debido a una falta de preparación, lo que casi equivalía a haber traicionado a su país.
Esta desagradable situación llegó a su punto culminante cinco años más tarde. Aunque para entonces la URSS había recuperado la posesión del título mundial tras la renuncia de Fischer, el ajedrez soviético contaba con un nuevo "jugador maldito": el disidente Viktor Korchnoi. Y Spassky tuvo la desdicha de ser derrotado por él en 1978. Esto le hizo pasar definitivamente a la "lista negra", y Spassky tomó la decisión de abandonar él también su país e instalarse en Francia. Para ello contó con muchas facilidades, gozando de un particular estatus de residente extranjero. Tras la devolución de su pasaporte soviético, llegó incluso a representar a Francia en varias competiciones, y tomó parte en el Campeonato Nacional de este país.
Si embargo, no volvió a frecuentar las competiciones con la asiduidad con que lo hacía antes. Su último gran éxito tuvo lugar en el torneo de Linares de 1983, con medio punto de ventaja sobre Karpov. Disfrutaba de una vida acomodada en Francia, y se contentaba con ofrecer alguna exhibición de vez en cuando. Su vida discurría apaciblemente, tal como él deseaba, hasta que en 1992 ocurrió lo impredecible: Bobby Fischer regresó del olvido, y quería jugar de nuevo al ajedrez. Y eligió a Spassky como rival.
Aunque ambos jugadores llevaban prácticamente inactivos muchos años, y estaban ya cerca de la madurez, este revival causó una gran sensación. Las grandes autoridades del ajedrez fueron muy escépticas acerca de este match, denominado por Fischer "el auténtico Campeonato Mundial". Si embargo, tal como había sucedido veinte años antes, el ajedrez logró ser por unos días el centro de la atención Mundial. Rodeado de fuertes polémicas -incluído el conflicto bélico que sacudía por entonces Yugoslavia-, nunca antes un encuentro de ajedrez había repartido semejantes premios: 3.650.000 de dólares para en vencedor, y 1.350.000 para el perdedor. Spassky cayó nuevamente derrotado, esta vez por más amplio margen. Pero por unos días, ambos mitos del ajedrez lograron emocionar a millones de aficionados.
Datos biográficos:
- Nace en Leningrado, el 30 de enero de 1937
- Consigue el título de Maestro Internacional en 1953
- Consigue el título de Gran Maestro en 1955
- Se proclama Campeón Mundial el 17 de junio de 1969
- Pierde su título el 15 de septiembre de 1972
Aficiones:
Además del ajedrez, le interesa la música, la lectura y el deporte. Sus preferencias son Dostoievski, Mozart, Skriabin y Mussorgski, y tiene una colección de discos de Caruso y Schaliapin.
Su personalidad:
A Spassky se le ha definido muchas veces como un 'dandy'. Afable con todos, y extremadamente educado, hace amigos con facilidad, y quienes le conocen a fondo aseguran que en aras de la amistad está siempre dispuesto a derrochar su tiempo en pequeñeces, sintiéndose enormemente satisfecho cuando le podía hacer a alguien algún favor.
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